Crítica: Gigantes de Acero

Dreamworks Pictures, 2011

El box, considerado por algunos como salvaje y por otros un arte, ha cambiado. Ya no son necesarios los humanos para ser practicado pues ahora son seres artificiales los que intercambian los golpes.

Lejos de ser un asunto que termine con lo agresivo del deporte (por que nos guste o no, lo es), es una forma en que los espectadores obtengan lo que los humanos ya no podían ofrecer: destrucción total.

Lo anterior es narrado en la historia de Gigantes de Acero, dirigida por Shawn Levy.  Sin embargo, lejos de ser una historia que trate de hacer una radiografía del box como disciplina deportiva, en realidad es una buena excusa para contar la historia de un padre y su hijo.

Ahí es donde entra Charlie (Hugh Jackman), un ex boxeador venido a menos que intenta pasarla en el negocio peleando (y destruyendo) cuanto robot termine en sus manos, generándole deudas al por mayor. Si esto no fuera suficiente, la llegada de su hijo Max (Dakota Goyo) viene a poner más complicaciones a su caótica vida.

Si, el box es central y el que lleva la acción al espectador, pero es la crisis de Charlie y su hijo Max la  que se convierte en el motor que llena de emotividad la película. El guion, a pesar de dar la impresión de estar hecho de pedacitos de otras películas (pasando por Transformes, Robocop vaya hasta momentos de Rocky tenemos por ahí), es ágil  y divertido.

Como buena película deportiva tiene ese factor de motivación en donde el desvalido puede sobrepasar cualquier adversidad, afortunadamente sin llegar a ser cursi. Incluso, el director le da a Atom cierta conciencia durante las batallas.

Gigantes de Acero es una de esas películas de las que no se espera mucho y resultan en una agradable sorpresa.

DreamWorks Pictures | 2011

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Ficha Técnica 

Titulo original: Real Steel/ País: Estados Unidos/ Año: 2011/ Director: Shawn Levy/ Elenco: Hugh Jackman, Dakota Goyo, Evangeline Lilly, Anthony Mackie, Kevin Durand/ Guion: Leslie Bohem, John Gatins, Richard Matheson/ Música: Danny Elfman/ Fotografía: Mauro Fiore/ Duración: 127 minutos