Crítica: La Forma del Agua

Fox Searchlight Pictures, 2017

Hacia el final de La Forma del Agua, el director Guillermo del Toro hace un homenaje al cine musical de los años treinta pero en vez de poner en pantalla a extraordinarios cantantes y bailarines como lo eran Ginger Rogers y Fred Astaire, los protagonistas son una mujer muda y un monstruo acuático.

Para el momento en que esto ocurre, la relación que se establece entre estos dos seres nos parece tan natural, que es inevitable conmovernos con lo que ocurre en pantalla. Esa sola secuencia resume perfectamente la singularidad de La Forma del Agua.

Ubicada en los años 60, nos presenta a Elisa (Sally Hawkins), una mujer muda que trabaja en los servicios de limpieza de un laboratorio del gobierno de los Estados Unidos, sitio al que llega una extraña criatura (Doug Jones) proveniente de algún lugar de Sudamérica, con la que Elisa crea una conexión, y de la cual termina enamorándose.

Al inicio de la película, una voz en off nos avisa que lo que estamos a punto de ver es un cuento, mismo que será protagonizado por una princesa sin voz. Este es el primero de varios detalles, que harán de este cuento de hadas algo diferente a lo que estamos acostumbrados.

La princesa en cuestión es una mujer solitaria que vive en un pequeño departamento ubicado en la parte superior de un cine al que nadie va. Todos los días despierta a la misma hora, prepara su baño, se masturba, se arregla para ir al trabajo, prepara su almuerzo y el de su vecino (Richard Jenkins), su única compañía.

Con Elisa, Del Toro entrega un personaje femenino fuerte, decidido y sin ninguna clase de complejos (en especial, si hablamos de sexo); algo que ocurre poco en el cine y que sin duda es necesario.

Pero no sólo eso, también habla abiertamente de asuntos como la discriminación, ya sea por el color de la piel, una preferencia sexual diferente o una discapacidad; temas que tristemente están más vigentes que nunca en nuestra sociedad.

La Forma del Agua bien podría tratarse de una de las producciones más incluyentes de los últimos años, y aunque muchos han visto de manera negativa esta ‘corrección política’, las virtudes de la película son mayores.

Lo que hace Guillermo del Toro es decirnos que los monstruos no necesariamente son aquellos que tienen una apariencia terrorífica, que en ocasiones, los más peligrosos pueden lucir como una persona común y corriente, tal y como lo hace Strickland (Michael Shannon).

Para ello, el director mexicano no emplea un crudo drama sino un romance, bellamente fotografiado y musicalizado por Dan Lausten y Alexandre Desplat, respectivamente.

La Forma del Agua es una película con una historia muy sencilla y, sí, bastante predecible, pero que consigue que empaticemos con personajes a los que antes se rechazaría. De pronto nos sentimos fascinados con la historia de amor entre una humana y un ser acuático, porque lo realmente importante en ellos está más allá de sus diferencias (o las nuestras). Tal vez no luzcamos iguales a ellos, pero reconocemos sus sentimientos porque también los hemos sentido.

La Forma del Agua es la películas con el mayor número de nominaciones al Oscar de este año, merecidas cada una de ellas, y que ojalá se materialicen en varios premios, en especial el de Mejor Director para Guillermo del Toro.

Fox Searchlight Pictures, 2017

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Ficha Técnica

Titulo original: The Shape of Water/ País: Estados Unidos/ Año: 2010/ Director: Guillermo del Toro/ Elenco: Sally Hawkins, Michael Shannon, Richard Jenkins, Doug Jones, Octavia Spencer, Michael Stuhlbarg/ Guion: Vanessa Tylor, Guillermo del Toro/ Música: Alexandre Desplat/ Fotografía: Dan Lausten/ Duración: 123 minutos